31.3.10

Al otro lado del río.

Nacemos, y al hacerlo nos montamos en una barca. En la barca de nuestra vida. Cogemos los remos y poco a poco nos enseñan cómo hacerlo. Cómo remar.De ello se encargan, en la mayoría de veces, nuestros padres, abuelos, tíos, etc. Y…a partir de cierta edad ellos nos dejan remar solos, pero no nos abandonan. Cuando más o menos aprendemos a manejar nuestra barca sola es cuando de verdad empieza nuestro viaje, pero hasta entonces, nuestros mentores nos han ido enseñando poco a poco las señales de la vida, del río. Cómo actuar frente a las adversidades, cómo enfrentarnos a los torrentes de agua, a los molinillos, a los rápidos, a las piedras, a las cataratas…Porque ningún río es liso.

En estos casos, todos, absolutamente todos, tenemos miedo, y a veces incluso preferimos ir a la orilla, pero algo nos hace seguir remando. Familiares, amigos, nosotros mismos…Y cuando volvemos a intentar remar, y vemos que salimos adelante, nos olvidamos de la orilla, porque en realidad sólo son eso, orillas. Simples trozos de terreno donde podríamos abandonar, pero no. Seguimos remando, y remando, y remando.

El río es el mismo, la vida. Y el final, la luz, la Muerte. Es algo natural, tanto como el agua o los peces. Está al final, y nada más. Ahí coincidimos todos. En la luz.

Abandonamos nuestra barca, y los remos y a los que nos acompañan. No llegamos a ningún sitio, sólo a la luz. Ninguno sabemos que pasa en la luz, pero hasta allí remamos…es ley de vida.

Yo conocí a gente que ha llegado, y se les hecha de menos. Te preguntas cómo será y cómo llegarás a la luz. Qué verás conforme vayas remando. Porque eso es lo que tienes que hacer, remar, y superarlo todo. ¿Para qué? Para llegar a la luz. Al otro lado del río.

Una barquita muy cercana a mí, está a punto de llegar. Y supongo que cuando llegue, provocará un fuerte oleaje, al que tendremos que enfrentarnos, y al que por su puesto venceremos. Es triste, y da pena. Pero el río es así. Ningún río es infinito.

A la barquita que conozco no le queda mucho para seguir remando, y sonará egoísta, pero ojala llegue pronto, por su bien. Hay veces en las que la barca apenas soporta el movimiento del agua de lo vieja que es, de lo que ha pasado. Pero continúa, continúa hasta la luz. Total, es lo que hay que hacer.

Recuerdo con añoranza cuando esta vieja barca me ha enseñado a remar…y cuantas veces hemos reñido porque yo creía que sabía remar, pero he de admitir, que me ha enseñado, entre otras barcas, a remar muy bien. También añoro sus historias, sus historias con barcos y cómo él ha seguido remando. Pero ya no falta nada. Ya llega la luz, la llega…

Sólo me queda algo por decir, y es Gracias, gracias por ayudarme a remar. Por enseñarme cómo, y por haber valorado cuando lo he hecho yo sola. Y es que, aunque ahora la vieja barquita no se acuerde de mi nombre, hay algo que seguro que no ha olvidado, y es a remar, así que rema, rema y rema...

Te quiero barquita, te quiero.


Marea Baja






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