11.5.10

La Ventana, Mi Ventana.

Desde que llegué aquí hace unos cuatro años, he mirado día sí, y día también por “la Ventana”, mi ventana. Puede parecer estúpido, pero ella es la que me dice que ocurre fuera. A través de ella, y de su tremenda suciedad acumulada por mi negativa a limpiarla, la Ventana me muestra los edificios, que allá por el atardecer reflejan quietos y pacientes un Sol que va dejando paso a las estrellas. Estrellas que me enseña mi Ventana, y que acompañadas por la Luna, me hacen pensar que las cosas no pueden ser tan malas como parecen. De momento me quedo contemplando las nubes que aparecen entre colores azules y rosados y que poco a poco, y con los pájaros revoloteando sobre sus figuras, interrumpiendo cualquier serenidad azul, me hacen llegar a la conclusión de que mi Ventana, es la mejor del mundo.
Desde ella he hecho fotos, me llorado en sus cristales, he saludado, he hablado, he gritado, he calcado dibujos, he pegado recordatorios en forma de corazón e incluso he estudiado lo que en un principio era un mundo aprobar. Y sólo la conozco 4 años.
Reconozco que no habrá otra igual y que la echaré de menos.
Unos metros antes de los edificios emergen antenas y pararrayos que con sus grandes magnitudes y sus bailes al viento hacen que una se sienta pequeña e inferior con respecto a todo lo que hay en el mundo.
Más abajo, y con los pies en tierra, el Descampado. El que lleva tantos años ahí y que ha vivido tanto. Está lleno de hierbajos y al final una casa, destruida, caída, donde centenares de gatos hacen vida callejera. De vez en cuando se ven corretear unos detrás de otros, y esos otros a su vez, tomando el sol por los bordes de los muros de las “casas bajas” colindantes. El descampado sufre constantemente, aparte de un pequeñísimo número de basura, la invasión constante de niños y no tan niños que tiene curiosidad por el Descampado, o por coger una pelota.
Una puerta de metal separa al Mundo del Descampado, pero ha sido repuesta mil y una veces, y da igual. ¿Qué hay en el descampado? Nada. Hierva. Gatos. Algún que otro carrito de bebe o juguete que nadie recuerda. Recuerdo que hará un tiempo, un año o así, un colchón salió ardiendo, pobre descampado. Pobre colchón.
Medio metro antes de mi Descampado, mi Ventana me deja ver la Farola. La Farola que se apaga a las 3 a.m. de la madrugada para, supongo yo, no molestar a los vecinos. A mi no me molesta, me hace compañía, y en verano, cuando tengo la Ventana abierta y la persiana bajada, me susurra con su luz naranja que es verano, época de ver esa luz naranja convertida en puntitos de luz, la cual se ha filtrado por esos huecos que tienen las persianas, y que seguramente fueron inventados para eso, para anunciar que era verano.
Y que yo recuerde no hay nada más que destacar de mi ventana…Bueno, que en realidad no es mi Ventana, son mis Ventanas. Son dos. Esas dos me protegen de ruidos y del frío. Del frío que asola mi casa en invierno. En invierno, mi Ventana me dice cuando llueve y cuando nieva. Mi Ventana me lo cuenta, todo.
Y como ya dije en una ocasión, las Ventanas seguramente se inventaron para que los hombres pudieran soñar libremente desde la tranquilidad de sus hogares.
Soñar. Mi Ventana me permite soñar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Payaso caótico dijo...

Me quito el sombrero,menos mal que todos tenemos una ventana,aunque algunos la valoremos más que otros.
Se ve que sigues siendo la misma,me alegro.!