23.12.10

Viaje a Granada. Acto I

Desde hace un poco de tiempo no dejo caer mis dedos por las teclas del ordenador para dar rienda suelta a mis pensamientos, sentimientos, y en definitiva reflexiones sobre la vida.
Pero ha llegado el momento, y es que, es menester contar estas cosas que me están pasando desde principios de Octubre.
Lo más impactante de todo el mes de Octubre es mi viaje, por primera vez, a Granada.
Si os lo preguntáis, no, no fui a la Alhambra, pero sin embargo pude comprender, como seguramente otras cien mil personas más, porque Isabel y Fernando decidieron quedarse en esa tierra tan mágica. Yo suelo apreciar muy fácilmente las ciudades y me suelo quedar fascinada con cada esquina que descubro así que quizás por mi parte no tiene mucha credibilidad, pero aquello fue maravilloso.
Granada es una ciudad perfecta para empaparse de cultura, historia, tradición, y para sorprenderte en cada rincón nuevo que ves. También es un buen sitio para aprender idiomas.
A cada paso que daba, notaba como si una de las ciencias más preciosas que se ha creado nunca, me abrazara, me besara y me diera las gracias. Cada canto rodado, no sólo rodado del agua del río donde fue recogido hace seis siglos sino también de millones y millones de pies que durante esos seis siglos han ido besándose con cada canto y probablemente suavizándolo más y más, me reflejaba una importante parte de la historia de aquel sitio donde el ir de las aguas que emanaban ansiosamente rozaba mis oídos, relajaba mis músculos, y agudizaba mis 5 sentidos.
El primer día, donde una abundante lluvia que ocupaba las bocas de todos los transeúntes nos daba la bienvenida, tuvimos el placer de degustar una enorme cantidad de platos gastronómicos acompañados de un vaso lleno de esa bebida dorada que a tantos nos gusta. Pudimos comprobar la amabilidad de los granadinos, junto con ese ambiente tan universitario, como extranjero, como propiamente granadino.
Al día siguiente, tras despertarnos en la habitación de hotel, que aunque no era nada del otro mundo, era muy acogedora – porque es algo característico de los hoteles, que vayas a donde vayas, te vas a sentir abrazado por muebles que aunque nunca te han visto, te van a invitar a dormir, calentito y mimado por unas sabanas blancas-, fuimos a visitar, ahora sí, Granada. Nuestro primer paso fue ver la enorme Catedral que, aunque comida por los edificios colindantes, se erguía sobre sí misma, alta, enorme, no muy castigada por el paso del tiempo, dominante, y nos miraba, al igual que los demás, con aires de bienvenida y satisfacción por sentirse tan importante. Dentro, donde uno se pierde en el abismo del edificio, pude contemplar escenas propias de las catedrales, y al final, castigado por flashes, a pesar de las advertencias, se encontraba un retablo enorme, dorado e imponente.
A la espalda, llegamos al segundo sitio por excelencia más visitado. La tumba de aquellos que montaron todo esto. Custodiados por unos enormes monumentos de ellos yacientes, de mármol con cientos de Ángeles, figuras humanas y otras figuras ondeadas que formaban unas nubes, las cuales aguantaban siglos de historia. Al lado, y en más alta posición, su hija y su yerno. Al bajar las escaleras vemos por fin la sorpresa, 5 féretros robustos, probablemente típicos de la época, donde dormían eternamente Isabel, Fernando, Felipe el Hermoso, Juana la Loca y un hijo, del que probablemente nadie sepa nada apenas. Cinco féretros imponentes y que probablemente estén vacíos.
A la derecha, otro enorme retablo con casi veinticinco escenas típicas de la Biblia. Así, al pasar a otra sala, encontrábamos decenas de cuadros propios del barroco, que probablemente tuvieron en sus aposentos los RR.CC. junto con ropajes, banderas de cruzadas y corona y cetros de los monarcas. Al salir, entre unas cosas y otras, fuimos al barrio del Albayzín, el más antiguo, el que perteneció al pueblo llano musulmán. Recorrimos callejuelas y subimos hasta el Sacromonte, donde hartos de ver cuevas flamencas cerradas, y donde una gitana nos timo de una manera impresionante, comimos en una de esas cuevas abiertas y no tan flamencas donde un amable señor con claros rasgos y tono de voz orientales nos sirvió de comer. Tras esto, nos dejamos llevar por las calles estrechas que componen Granada hasta llegar de nuevo, y tras muchos metros, -1200, para ser más exactos- a una cafetería muy mona donde pudimos merendar


[Continúa]http://emmitta-chan.blogspot.com/2010/12/viaje-granada-acto-ii.html

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